EL DEPORTE EN ESPAÑA: "DEPORDINERO"


El deporte despierta pasiones, desenfrenos, nos hace olvidarnos en algunas ocasiones hasta de nuestra santa madre, pero para algunos es su máxima ilusión, el motor de su vida.

En la actualidad, con la crisis, pensamos que los desenfrenos deportivos pasarían a mejor vida,  porque creíamos que la sociedad tendría prioridades, sin embargo, la sorpresa ha resultado ser bien distinta: la prioridad sigue siendo la misma.

Basta observar cualquier evento deportivo de los que a lo largo y ancho de España se suceden cualquier día de la semana a cualquier hora. Los campos de fútbol, de baloncesto, etc., aparecen, como por encanto, llenos de un público enfervorizado y deseoso de olvidar todos los problemas, lo único que les importa es la victoria del equipo de sus entretelas sin pensar, en la mayor parte de las ocasiones, que el deporte es solo deporte.

Si nos centramos en el deporte nacional, que es el fútbol, las pasiones se desbordan, los colores de los equipos se consideran sagrados y un simple deporte de veintidós personas detrás de un balón corriendo en calzoncillos —como diría mi padre— pasa a ser el acontecimiento más trascendental de su vida durante los 90 minutos. Este deporte ha sido la causa de innumerables conflictos entre equipos rivales, naciones, y lo más curioso, hasta de problemas conyugales; puesto que esto no es una circunstancia exclusiva del sexo masculino, sino que basta con ver el reportaje de cualquier partido para constatar que esta pasión no distingue de sexos.

Se idolatra a los jugadores de fútbol hasta convertirlos en los seres más perfectos de la creación, los más deseados y a quienes debemos parecernos en todas sus facetas, aunque se ha demostrado a lo largo de estos años que no todos son lo que parecen.

Unos pasaron de ser dioses con todas las virtudes a ser vulgares drogadictos; otros parecían muy solidarios y por el contrario la prensa revela que lo son por interés para obtener publicidad gratuita; luego están los defraudadores al erario público, los infractores de distintas normas —con el agravante del trato de favor de los poderes públicos—; también los hay que hacen donaciones a sus propias fundaciones que, por estar reconocidas como entidades sin ánimo de lucro, reciben a su vez el reconocimiento y las dádivas públicas…

En definitiva: nosotros entendemos que el deporte debería practicarse por placer,  para el bienestar de cada persona y su mejor desarrollo corporal, fuera de todo lucro. El deporte  competitivo ha de ser financiado exclusivamente con fondos privados y correr con todos los impuestos como cualquier empresa con sus derechos y obligaciones.  A quien le guste competir por deporte que lo haga en estas condiciones.

Las selecciones nacionales no nos harán salir de la crisis, salvo a unos pocos que, además, viven muy bien a costa de los demás. Consideramos que el Estado debe destinar fondos para garantizar que todos podamos practicar deporte de forma gratuita por cuestiones de salud y bienestar personal. Como contribuyentes no tenemos porqué financiar competiciones. Quien quiera hacerlo es libre de hacerlo a título personal directamente al club que desee.

Y no vale objetar que las quinielas dan mucho dinero, esas apuestas pasaron a la historia en los años setenta, y sino a la realidad me remito: los mayores ingresos del Organismo Nacional de Loterías y Apuestas del Estado, provienen de la lotería primitiva, bonoloto, el gordo de la primitiva, el euromillón y un largo etcétera que nada tienen que ver con ningún deporte.

Los medios de comunicación deportivos tienen la mayor parte de culpa del lavado de cerebro de esta sociedad adicta al deporte, sus comentarios, sus exclusivas, sus debates y otras zarandajas resultan ser los más seguidos, lo más importante tanto en prensa escrita, como en cualquier otro medio de comunicación actual.

En definitiva, pensamos que el deporte es bueno, necesario, satisfactorio, relajante, excitante, participativo, jubiloso, amistoso, etc., pero entendido como tal, como lo que es y no en lo que lo hemos convertido: en “depordinero”.

LA JUSTICIA INTERPRETATIVA: UNA OPCIÓN "PERSONALIZADA" DE LA LEY


A lo largo de estos años de democracia, asistimos con estupor a una continua avalancha de sentencias por casos parecidos que discrepan en la forma, instrucción y en su posterior resolución.
Nuestro poder legislativo confecciona leyes como si se tratara de una competición; se legisla y se legisla, y cuanto más se legisla, más deseos se tienen. Es como una droga, entran en éxtasis; es como una carrera, no piensan, corren, se desbocan.  España es uno de los países del mundo con más preceptos legales, la mayor parte desfasados, vacíos de contenido en la actualidad, en definitiva: el país que más ha regulado y regulará a lo largo de la historia.
 
Ese ánimo de imponer leyes y hacerlas cumplir, también, cuaja en quienes tienen la capacidad de dirimir sus contenidos y es aquí donde topamos con el corporativismo de nuestros jueces. Admiten todo tipo de calificativos: progresistas, conservadores, de una asociación o de otra, feministas, machistas, etc.; pero no se definen, casi nunca, como lo que realmente son: jueces que simplemente deben aplicar las leyes de una forma justa e imparcial,  sin interpretaciones personales o a conveniencia. Aquí radica el principal problema de nuestra justicia: es interpretativa y subjetiva y se aplica según el cristal con que se mira.
Y me pregunto ¿por qué sucede? Analizando este punto llego a una conclusión que creo que podría ser la clave: las leyes están hechas por políticos que en muchas ocasiones no gozan ni de cualificación ni de experiencia sobre la materia a legislar ni saben redactar textos claros y coherentes.
 
Continúan cometiendo los mismos errores que en siglos anteriores; legislan a golpe de ocurrencias improvisadas en un momento determinado, o lo que es peor, por intereses partidistas o personales.  Es como si intentaran construir un puente muy largo, empezando al mismo tiempo en orillas opuestas, sin tener en cuenta los obstáculos intermedios y —¡oh, asombro!—, los extremos nunca se encuentran. Entonces intentan casarlos parcheando, tratando de convencernos de que el camino que estamos tomando es mejor, forzando las cosas para que ese “mal puente” sirva para lo que se construyó. Lo mismo sucede con la ley: se dicta según el momento y el lugar y se aplica casi siempre, parcheada, interpretada, y lo más grave, es que el peso recae, muchas veces, sobre el punto más débil de nuestra sociedad.
Los gobiernos deben saber que las leyes no son perfectas, que deben ser modificadas para adaptarse a nuevos contextos: cada circunstancia requiere una solución acorde con el problema; una solución que ya debe estar preestablecida y analizada en el texto de esa ley. Dejémonos de tonterías, a lo largo de los siglos se ha legislado por activa y por pasiva, y ya deberíamos saber hasta donde hacen las ratas los agujeros para conocer perfectamente todas las soluciones, y de esa manera, no fallar a la hora de obtener la pieza. Las leyes están establecidas para servir a los ciudadanos y no a la inversa. La conclusión es que deben estar bien estructuradas, conocidos todos los pros y contras hasta en sus más pequeños detalles, debatidas, enmendadas, probadas antes de ser publicadas y aplicadas. En definitiva, esta es realmente la tan famosa “seguridad jurídica” y no otra; para que la justicia sea justa, igual para todos y no un instrumento más al servicio del poder.