miércoles, 13 de enero de 2016

¡Por esos padres y madres que pasan las noches sin dormir con su bebé!

Con la etiqueta "Enseñando a volar" publico mis participaciones en el blog Nunca Jamás y Yo  de Mel Elices Agudo





Hubo un tiempo en el que creía que lo de “dormir como un bebé” era una leyenda urbana porque mi bebé era especialista en despertarnos con un llanto que, más que llanto, era un grito de guerra. Al escucharlo, una alarma roja se encendía en mi cerebro y saltaba de la cama tan rápidamente que el cuerpo, dormido aún, no me seguía. A trompicones llegaba a la cuna del niño.
— Dime qué quieres, bonito.
— ¡Buaa! —Si te lo estoy diciendo clarito. Lo repetiré más alto —¡¡Buaaaaa!!!
—Veamos, peque. ¿Pañales mojados? No. ¿Hambre? No. ¿Frío o calor? No. ¿Dolor de barriga? Puede ser. ¿Qué te pasa, cariño?
— ¡Buaaa! —Mi mamá no me entiende. Más ¡buaaaa!
Entonces lo acunas, le cantas un bello poema que habla de un amor cerca del mar.
— ¡Buaa y requetebuaaa!!
Se acerca papá y lo pasea entonándole una cancioncilla de un brujo, el niño se ríe y, cuando parece que se calma, otra vez: “Buaaa”
—Eres un gorililla, como no te duermas, te tiro por la ventana y mañana, cuando Pepe abra la tienda te encontrará sobre el toldo.
El bebé sonríe, papá le canta otra y, por fin, lo rinde y se duerme ya de madrugada. En cambio, nosotros nos duchamos para despejarnos un poco antes de ir a trabajar. En la escalera nos cruzamos con la vecina.
— ¡Er ñiño tié güeno pulmone! ¿No zerá der Plácido Domingo eze?
—No, doña Macarena, el “angelito” es de mi marido.

Con toda la buena intención la mujer empieza a darme consejos. No sé porqué, pero todas saben mejor que yo lo que tengo que hacer con mi hijo: la vecina, la pediatra, la suegra, la madre, la amiga… ¡todas! Desesperada pruebo lo que parece más sensato sin ningún resultado; esta es la verdadera “Misión: Imposible”, no la película de Tom Cruise.

Al final, tengo que confesarle a mi marido la verdad: el niño no es de Plácido Domingo, es de Verdi. Me gusta escuchar un disco con sus mejores óperas y, como los bebés ya oyen cuando están en el vientre materno, pues… está muy claro: el niño quiere ser tenor.

Papá me perdona lo de Verdi y, puesto que es un hombre de recursos, le fabrica un columpio-cuna para instalarlo en el salón. Sentado en el sillón, con el pie empuja el columpio que se balancea suavemente a ras de suelo de pared a pared. El cantante, a veces, se adormece; a veces, no.




Transcurren los años y descansa algo mejor; sin embargo, cuando me levanto a las seis de la mañana, aunque baje las escaleras a oscuras y descalza, él tiene un radar que me detecta y grita todo contento que ya no le queda sueño y que se viene conmigo. Los domingos intento convencerlo para que se quede un ratito más en mi cama; es inútil, se aburre y acabamos levantándonos pronto como cada día. 

Cuando nace su hermanita, cruzo los dedos para que duerma bien. El deseo se me concede y ella es al revés que el niño; si no ha cenado a las ocho, empieza a llorar porque tiene sueño y no consigo que coma, la acuesto y ya está soñando antes de tocar la almohada.

Esta entrada no pretende aconsejar sobre cómo dormir cantantes de ópera o despertar Bellas Durmientes, no soy tan lista, no tengo una solución. Es solo para deciros, queridas madres, que no desesperéis, no os atormentéis, no sois vosotras… ¡son ellos! que salen como salen. Ya veis: yo tengo uno de cada extremo.

No perdáis la esperanza que todo llega; la chica, en plena adolescencia, ya no tiene sueño, ahora quiere salir por la noche; en cambio, el chaval se queja cuando le telefoneo a las diez de la mañana porque… ¡estaba durmiendo!

¿Veis? He tardado varios años, pero misión cumplida: uno ya duerme, la otra ya no.

martes, 12 de enero de 2016

Abusos sexuales en centros de educación



Alicia lloraba, lloraba siempre que el profesor de dibujo la llamaba a su mesa. Yo no entendía aquel drama, imaginaba que debía de dibujar fatal y, quizás, la había suspendido.  Cuando me tocó presentarle mis trabajos, le dejé el álbum sobre el escritorio y esperé a que lo revisara, pero él tenía ambas manos bajo la mesa y me dijo: “Acércate bonita, pasa tú las hojas”. Aunque me extrañó un poco, obedecí. Me sujetó por la cintura mientras alababa largamente los dibujos. De repente, noté que me había metido la mano bajo la falda, de forma refleja salté hacia atrás y lo miré desafiante. Comprendió enseguida que yo no era como Alicia. 

Teníamos siete años, no sabíamos nada de masturbaciones bajo las mesas ni de abusos sexuales, por este motivo, no explicamos nada a nuestros padres, y Alicia, su favorita, siguió llorando cada semana durante todo el curso.

En ocho años de E.G.B. conocí a dos maestros más que abusaron de alumnas adolescentes consumando relaciones sexuales completas en algunos casos. Para ellos desvirgar a una chica era muy excitante; para ellas, un trauma que no superarán jamás. Cuando escribo “jamás”, lo hago con conocimiento de causa; treinta años después, una sigue esperando a que se case con ella, otras sufren problemas sexuales con sus actuales parejas, alguna jamás formalizó una relación, solo unas pocas pudieron sobreponerse y seguir su vida sin que les afectara demasiado. 

¿Y ellos? que yo sepa, solo uno fue denunciado por los padres de la niña y condenado judicialmente a abandonar el colegio, pero imparte clases en otro centro.  

En la actualidad, siguen cometiéndose abusos y continúa siendo igual de difícil demostrarlos porque tienen lugar fuera de la vista y del control de los padres. Las niñas son manipuladas emocionalmente y coaccionadas para que no cuenten nada. Y cuando alguna se ha atrevido a explicarlo, el profesorado en bloque lo ha negado; como el abusador procura no dejar pruebas, no puede comprobarse la veracidad y la niña queda en peor situación de lo que estaba. 

Y si la chica es una seductora ¿es más excusable? No. El profesor es un adulto que debe saber contener sus impulsos sexuales y orientar a la cría que, no lo olvidemos, es menor de edad.

Entonces ¿qué se puede hacer? Francamente, no lo sé. Por lo pronto he decidido sacar este tema a la luz. Debemos vigilar mucho a nuestros hijos y explicarles, desde muy temprana edad, qué es un pederasta, un violador, porque los abusos son frecuentes en todos los ámbitos. 

Constato un auténtico fracaso de la ley, de las penas, de la rehabilitación y de la sociedad en general que es permisiva con este tema pues los abusadores también forman parte de ella y están presentes en todos los estratos sociales y estamentos.

Lo más peligroso, cuando todo fracasa, es que los padres se ven abocados a buscarse las soluciones y la justicia por tu cuenta porque una hija es, sobre todo, su responsabilidad y, de ninguna forma, pueden dejarla desamparada. La ley suprema de la Naturaleza dispone que los padres defenderán a sus hijos y, si fuera necesario, matarán o darán su vida para protegerlos. Porque lo contrario, dejarlos indefensos, ¿es una opción? ¿No habría que condenar, entonces, a los padres por omisión de sus deberes? Ya veis; complicado, complicado…