¡Por esos padres y madres que pasan las noches sin dormir con su bebé!




Hubo un tiempo en el que creía que lo de “dormir como un bebé” era una leyenda urbana porque mi bebé era especialista en despertarnos con un llanto que, más que llanto, era un grito de guerra. Al escucharlo, una alarma roja se encendía en mi cerebro y saltaba de la cama tan rápidamente que el cuerpo, dormido aún, no me seguía. A trompicones llegaba a la cuna del niño.

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Alicia lloraba, lloraba siempre que el profesor de dibujo la llamaba a su mesa. Yo no entendía aquel drama, imaginaba que debía de dibujar fatal y, quizás, la había suspendido.  Cuando me tocó presentarle mis trabajos, le dejé el álbum sobre el escritorio y esperé a que lo revisara, pero él tenía ambas manos bajo la mesa y me dijo: “Acércate bonita, pasa tú las hojas”. Aunque me extrañó un poco, obedecí. Me sujetó por la cintura mientras alababa largamente los dibujos. De repente, noté que me había metido la mano bajo la falda, de forma refleja salté hacia atrás y lo miré desafiante. Comprendió enseguida que yo no era como Alicia.